lunes, 29 de septiembre de 2008

Canto a los sueños que siempre se hacen realidad

Ya llega el puntual otoño y lo que fue un potente arroyo de montaña se convierte ahora en un apacible y manso río adornado de amarillas hojas que van quedando varadas en el corazón. Ya los bosques dejan de cantar y soñar, y poco a poco el silencio va colándose entre los tallos al igual que se cuela entre las palabras.
Y nada podemos hacer ante tal injusta realidad, la vida se desvanece en cada inútil rayo de luz que penetra entre los mojados tejados de pizarra, y la nieve extiende un reino de impasibilidad que muy pocos son a conquistar.


Pero un minúsculo murmullo permanece oculto en la sonrisa de un acebo, una mirada de ojos verdes que alimenta la esperanza de quienes siguen fieles al poder de la resurrección, la resurrección de lo
invisible que vive solo en la memoria de la luna llena. Porque, como todo en la vida, la fe no reside en la mente ni en la razón, sino en una suave brisa venida de otro mundo que aparece cada vez que cerramos los ojos, y es esa, la verdadera respuesta al fin del invierno que muchas veces parece no acabar en nuestro caminar. Así que esto es un canto a la primavera que siempre llega, al sueño que siempre siembra una realidad y al sentimiento de victoria que atraviesa el corazón de quienes no creen en la ficción.