domingo, 15 de marzo de 2009

Compañeros/as de ruta

He disfrutado muchos días en estas montañas de León, muchos amigos, sonrisas, muchas cuestas… pero hay días que se disfrutan más de lo normal, y no porque el paisaje sea espectacular, porque haya un sol caribeño o porque tus amigos sean los más chistosos del mundo, no. Hay días que se disfrutan el doble porque te acompaña el mejor compañero que el hombre pueda tener, el perro.

Y es que habría que remontarse al principio de los tiempos para analizar esta curiosa relación que une a hombre y perro en una sola alma cuando andan por los montes. Cazador y perro, dos en uno, algo que viene incorporado en nuestra memoria genética y en la de ellos. El perro complementa al hombre en el monte y viceversa.

Me parece una relación muy interesante y, sobretodo, hermosa. Por eso os quiero contar mis experiencias con algunos perros que no conocía de nada pero que acabamos siendo muy buenos amigos.
Los primeros perros que anduvieron conmigo por los montes eran los perros de caza de mi tío, sabuesos, pointers, grifones… que no te dejaban un momento solo y que corrían tras corzos, conejos o perdices. Pero bueno, excluyo a estos porque en realidad ya nos conocíamos antes de emprender la primera cuesta.

La primera perrina que se animó a emprender una ruta con nosotros se llamaba Morgan, era de Carande, y se apuntó a una ascensión a Peña Redonda junto Toño, Javi, Mikel y yo allá por 1995… Salimos del pueblo camino Lacavén y nos fue siguiendo hayedo arriba hasta culminar en la peña. Era una perrina muy guapa y activa, corría y jugaba con todos nosotros. Fue la única que vez que subió conmigo al monte, pero guardo un grato recuerdo de su compañía en aquel día.

A finales de un invierno de principios de este siglo XXI llegamos mi padre y yo a Vegacerneja, dejamos el coche al lado del puente e inmediatamente un perrín negro salió a recibirnos alegremente. “¡ Perrín perrín !, ¿Qué pasa bonito?” Lo único que pasaba es que a la hora siguiente nos había sacado un par de corzos en las cercanías de Peña Mura. Era un perro, que sin ser de raza cazadora, era un excelente cazador. Contemplarle como trotaba entre las lleras del Pandián tras una manada de rebecos era algo que te hace sentir vivo, a gusto y cómodo en el planeta tierra, algo que te llena de felicidad. Mientras rodeábamos el gran monte redondo con cuidado de nos resbalar entre los hielos perpetuos de la cordillera cantábrica, le veíamos bajar como una bala a las vallejas en busca de algún venado escondido, oíamos sus ladridos como diciendo: “¡ Está aquí! ¡Lo encontré!” Y volvía a subir otros 100 metros hacia nosotros a revolcarse en la nieve y sonreir, con esa preciosa sonrisa que tienen estos perros tan humildes y agradecidos (ojala las personas fueran así).
Al llegar a La Vega nos despedimos tristemente de él, no sin antes darle una buena comida, y partimos hacia Carande mientras él se tumbaba al sol junto con los demás perros. Nunca más volvía a saber de él aunque he vuelto muchas veces por ese camino…

Hace unos pocos veranos subí con un amigo una tarde hasta Tolibia de Abajo, allá en los hermanos valles del río Curueño. Dejamos el coche a un lado de la carretera, justo a lado de un rebaño de vacas y de unos segadores que aprovechaban el decadente sol que brinda la tarde de Julio y que deja algo de aire para poder trabajar un poco la tierra. Dos perros nos salieron al paso, pero solo uno tenía realmente ganas de dar caña, un perrín color crema que decidió que era un buen momento para andar monte y dejar de hacer el chorras ladrando a los coches que pasaban por la carretera. Este también era un perro con buenos instintos, la mejor escopeta que un cazador quiere tener. Nada más pasar un pequeño bosque y meternos en los piornales, el perro se quedó inmóvil mirando fijamente a una ladera opuesta salpicada de urces, nosotros no entendíamos nada y cogimos los prismáticos cuando el perrín empezó a ladrar. ¡Menudo ciervo! ¡A más de 400 metros, metido entre el matorral, nuestro avispo compañero había dado con el principe del monte! Le felicitamos y seguimos la ruta hacia unas peñas donde nos hicimos unas fotos con él antes de bajar de nuevo para el coche, donde nos despedimos de él en la carretera y le tuvimos que mandar que se fuera con los segadores, con cierta tristeza, como siempre.



Hace unos pocos días, aprovechando la increible fuerza primaveral que se avecina nos subimos a un pueblo mítico de la lucha leonesa, Pallide, allá en los valles de Puebla de Lillo y Reyero. La nieve, descongelándose, nos invitaba a dar un paseo por los puertos que caen hacia Lois. Pero alguién más tampoco estaba dispuesto a quedarse sentado en la plaza del pueblo vagueando y viendo el tiempo pasar. Una preciosa perrina tipo Lazzie nos saludó entusiastamente y nos preguntó: ¿Vais al monte? . Siempre a unos 50 metros por delante de nosotros Nazarina, que así es como se llama, zig-zagueaba entre los robles y los prados en busca de juegos con la gente menuda del monte. Nazarina tiene un pie trasero amputado, un mala relación con una segadora le dejó algo coja, pero no le importa, ella es la más enérgica, vital y bella de todos los cánidos de la montaña oriental. Su destreza y elegancia por el monte fue algo que nos enamoró a mi compañero y a mí desde el principio, y sobretodo, su humildad (aunque también sus poses para las fotos). El primer corzo nos lo sacó en un robledal, unos ladridos bastaron para hacer correr al cérvido más de lo que tenía pensado correr ese mediodía. Llegó la hora de comer y nos engaramamos a una peñina. Pero Nazarina tenía algo de miedo, y es que tres patas no son cuatro, y tuve que mostrarla el camino entre la caliza no sin ser ladrado unas cuantas veces por ella. “¡ Allí vas a subir tu, no te joroba !” Me decía ella… y razón no le falta. Comimos al sol de Marzo y emprendimos la ruta entre juegos de nieve y volteretas. La perra nos contagiaba de energía y felicidad a mi compañero y a mí. Fueron unos momentos muy felices, cómo era posible que aquella perrina coja fuera capaz de alegrarnos la tarde sin recibir nada a cambio. ¿Por qué no encontraré alguién así dentro de mi especie (y que sea de sexo femenino…)?
Dejamos la silueta del Susarón atrás y emprendimos el camino hacia el pueblo. Nazarina todavía nos quería brindar con cinco regalos. Cinco corzos que avistó a lo lejos y les hizo brincar más de la cuenta haciendo que nuestros ojos disfrutaran más de lo que teníamos previsto.
De nuevo en Pallide, la dueña de Nazarina nos contó su historia, nos habló de su accidente y de su afición por el monte. Además nos contó lo especial que es esta perra, que no anda con los demás perros del pueblo y solo anda con los excursionistas que dejan el coche en frente de su casa.
Volveré en unos meses y espero verla esperando en la puerta de su casa con unas ganas terribles de ir a la montaña.

Estas son algunas historias que hacen bonita a la montaña, a las personas y a los perros, y a la vida en general.
Seguro que vosotros también tenéis alguna historia con los mejores amigos del hombre.